Italia: “Otra guerra de exterminio”. Carta del preso anarquista Luca ‘Stecco’Dolce

Por: Lucca «Stecco» Dolce / Enviado a La Zarzamora

Ahora que las masas de todo el mundo han expresado su solidaridad con Gaza, me gustaría saber cómo el científico social Elias Canetti (1) describiría su concepto de las «masas » en una era tan tecnológica, belicista y, al mismo tiempo, exterminadora como la nuestra. Canetti afirma que la sociedad de masas existe en la mente de los seres humanos antes de expresarse materialmente. Si las sociedades antiguas eligieron ciertas formas sociales y económicas de mera subsistencia, fue porque deliberadamente decidieron no utilizar métodos burocráticos o autoritarios: previeron sus peligros. Nuestros antepasados, por lo tanto, eran perfectos animales políticos, observadores conscientes y activos de la vida social de la comunidad.

¿Qué son entonces esas plazas y calles llenas de gente hoy, si en nuestra vida cotidiana volvemos al cauce de una vida organizada e impuesta por otros?

Ahora que la «tregua» en Gaza se divulga e impone con el estampido de las botas militares y la propaganda mediática sobre la Flotilla, ahora que se silencia y amortigua la oleada contra la masacre, ¿cómo transformarla en una acción que vaya más allá de la manifestación y expresión de opiniones? El poder utiliza las emociones humanas como abrelatas; a menudo, las primeras dan lo mejor de sí en su «reacción retardada», la emoción empática y durante las «emergencias», y se coagulan en peaks de desprecio. Una humanidad que, sin embargo, sigue viva a pesar de todos los esfuerzos por atomizarla. Sus componentes más progresistas se muestran unidos ante la evidencia de un exterminio.

Sobre el tiempo de reacción, deberíamos reflexionar extensamente. Desafortunadamente, aún no hemos comprendido a fondo cuán engañosas y chantajistas son las tácticas de lxs enemigxs de la vida, hasta qué punto las comodidades y la vida tranquila logran recuperar los movimientos, incluso los sinceros, al menos aquí en Europa. Para ser más incisivxs y perspicaces, deben superar con tenacidad las trampas esparcidas por el terreno de la lucha, cuya función es precisamente hacer que todos regresen a la pluma indecisa de la moral democrática, a cuestiones como el uso o no de la violencia liberadora, a la inacción.

Pasemos de las emociones a la autoorganización y la acción directa. Si se obstaculizan los caminos de la libertad, los movimientos revolucionarios del pasado nos enseñan opacidad y clandestinidad.

Toda la hipocresía de los Estados y sus diversas autoridades nacionales está a la vista de todos; no hay tregua, no hay resolución del conflicto ni conversaciones de paz. Estas mentiras son las mismas que se han utilizado en diferentes períodos históricos; sirven de apoyo a la continuación de los proyectos sionistas y colonialistas de Israel, Occidente y los Estados que colaboran con ellos por meros intereses geoeconómicos. El mercado de la «reconstrucción» colonial es enorme y se mueve en paralelo con la cuestión de Ucrania. Egipto, por ejemplo, ha seguido vendiendo alimentos, cemento, fertilizantes y otras materias primas a Israel durante todos estos años. La fachada de solidaridad que muestran muchos países es solo el resultado de cálculos cínicos. Taiwán apoya los asentamientos coloniales en Cisjordania construyendo un hospital para ellos en Sha’ar-Binyamin.

Paralelamente, las deportaciones de palestinos de Gaza, definidas como «evacuaciones» en vuelos chárter a Sudáfrica, Malasia e Indonesia, constituyen otra táctica de desplazamiento, apoyándose en procesos migratorios informales ahora controlados por grupos criminales, opacando el mercado de seres humanos; monetizando y brutalizando una práctica utilizada desde siempre por los seres humanos: la migración. Una vez más, como en muchas otras ocasiones anteriores, la presión para irse es inducida por una violencia sistémica.

El mundo entero conoce el papel que desempeñan las Naciones Unidas, una organización en cuyo seno se distinguen algunas personas valientes e imparciales, que sin embargo no pueden actuar desde dentro contra un mecanismo creado a propósito por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que en decenios solo ha demostrado su voluntad de mantener el statu quo y la filantropía del imperialismo estadounidense y occidental y de los países emergentes, también colonialistas a su vez.

Otro truco. Recordemos las guerras en Yugoslavia y Somalia. Los responsables políticos que dictan la agenda militar en Gaza son lxs nietxs políticos de quienes, el 2 de noviembre de 1917, abrieron el
camino a los proyectos sionistas.

Hablando de Italia, su presencia en Palestina se concentra en la nueva base de Kiryat Gat, a 20 km de la Franja de Gaza, donde, en una reedición de la «coalición de los dispuestos», similar a la que se está llevando a cabo en el frente ucraniano, opera a través del CMCC (Centro de Coordinación Civil-Militar). Liderado por el general Sergio Cardea, comandante del COVI, creado en 2007 para gestionar zonas de crisis, y
que ahora, junto con sus compinches, pide papeleo a la ONU para justificar esta operación.

Esta institución fue creada para implementar el «Plan de Paz» del presidente estadounidense Trump. Aquí encontramos plataformas tecnológicas como Palantir, Maven y Datamiur, encargadas de mejorar los ataques aéreos estadounidenses en Oriente Medio. La creación de la Fuerza Internacional de Estabilización (FSI) con tropas de diferentes países impondrá el terror como régimen de vida para los palestinos.

Este mismo sistema tecnológico se utiliza contra migrantes en un radio de 100 km de las fronteras estadounidenses. Ahora sabemos que la IA se utiliza para crear objetivos en Gaza, al tiempo que se deporta a personas indeseables de EE. UU.

Considerando que el 20 de noviembre el Ministro de Asuntos Exteriores italiano discutió si las instalaciones de la CoESPU (Escuela Internacional de Policía dirigida por la policía militar italiana), situada en la base militar “Ederle” de Vicenza, podrían ser el mejor lugar para el entrenamiento de 3.000 futuros policías mercenarios palestinos, controlados por esta coalición y las FDI. Industria civil y militar

En los últimos meses, varios periódicos compitieron entre sí para denunciar la connivencia entre la industria militar y la civil, sobre cómo se lucran con las guerras que se libran. Casi a diario se exponen nuevos vínculos entre intereses creados en toda la cadena tecnológica, su historia, sus afiliaciones políticas y civiles, quiénes son los responsables; en pocas palabras, cómo se articula la red mundial de contratos, colaboraciones, experimentos y avances científicos, todos ellos de doble uso, con fines de control y represión social. Gaza y el frente ucraniano, las favelas de Río, la crisis climática, la revuelta sudanesa son lugares perfectos para experimentar y publicitar sus sofisticados aparatos y experimentos en una arquitectura de panóptico social, de compra y venta entre Estados y empresas. Todo esto prácticamente anula el trabajo realizado en la última década por el movimiento contra la guerra. Incluso la propia propaganda oficial nos abofetea con la magnitud del complejo tecnoindustrial.

Las preguntas que deben plantearse son: ¿dónde está la diferencia? ¿En la cantidad o en la calidad de la información? O bien: ¿qué hacer con ella y hacia qué objetivos y perspectivas debe utilizarse? Dado que Elbit Systems está en el centro de la lucha de Palestine Action, cabe mencionar que, hace apenas unos días, Alemania, tras una pausa de 100 días en las transacciones de armas con Israel, ha reanudado el envío de suministros. Lo más importante son las piezas de repuesto de Renk para los conocidos tanques Merkava. Los motores de tanque de MTU, con sede en Baden-Wurtemberg, nunca tuvieron problemas para eludir el embargo a través de EE. UU. Con este nuevo comienzo, Elbit Systems venderá munición LMS a Berlín por 700 millones de euros. Gundbert Scherf, director general de la compañía, ha prometido que, a partir de 2026, la empresa fabricará entre diez mil y veinte mil drones de combate.

Este ejemplo alemán es emblemático porque debería conmocionar a quienes creían ciegamente que los Estados democráticos tendrían algún problema real en interrumpir el conflicto y sancionar al Estado de Israel. Sabemos que toda guerra es rentable, tanto en su fase destructiva como en la de reconstrucción. Mientras tanto, la carnicería engorda los bolsillos tanto de los industriales como de la clase política. La lucha contra el militarismo debe continuar sin pausa y con una visión crítica constante, llevando la práctica de la denuncia y la agitación hacia una campaña incesante de acción y levantamientos sociales subversivos de vastas proporciones.

Detrás de las líneas del enemigo de clase uno de los personajes principales, a menudo olvidados, de la crítica al militarismo y su industria es el trabajador. Esa masa de seres humanos que, en todos los países industrializados, crea y forja las cadenas y engranajes útiles para que la clase dominante muerda y masacre a voluntad a sus súbditos. La propaganda nacionalista, la cultura racista, el afán de conquista, el miedo ficticio a los extranjeros y la hegemonía económico-territorial hacen el resto.

¿Cómo romper el vínculo entre esta enorme fuerza laboral chantajeada con un plato de lentejas y la ilusión de una existencia tranquila y pacífica? ¿Cómo reducir la brecha moral que debería impulsar la conciencia a la deserción, incluso antes que la de los soldados, la de los trabajadores que fabrican y montan la maquinaria de guerra?

La clase dominante sabe muy bien cómo romper la solidaridad de clase internacionalista. En Italia tenemos un claro ejemplo, en una colonia del interior como la región insular de Cerdeña, donde el peso de la guerra es inmenso en ese país económicamente desfavorecido. Por un lado, por ejemplo, tenemos a los trabajadores de Euroalllumina en Iglesiente, donde la empresa Rusal, propiedad de un oligarca ruso, se encuentra en una situación desesperada debido a las sanciones de guerra impuestas y al bloqueo de 300 millones de euros de inversiones previstas para la modernización de la planta y la seguridad del depósito de almacenamiento.

Al otro lado, a pocos kilómetros de distancia, en Domusnovas, la empresa alemana RWM solicita a la Región de Cerdeña un permiso para duplicar la superficie de la instalación, ya que su principal producto son bombas vendidas desde hace años a Arabia Saudí en su guerra contra Yemen.

Los mercados prosperan actualmente gracias a las políticas europeas (y no solo) de rearme y fortalecimiento de las fuerzas militares. Las contradicciones emergen con claridad y, una vez más, los sindicatos oscilan entre la retórica de la protección del empleo a ultranza y la crítica a la industria bélica, que en los últimos meses ha dado lugar a huelgas por Gaza, bloqueos de puertos o huelgas generales de un día, que no lograron extenderse ni incitar a la deserción radical de la industria belicista, de las industrias químicas, de los laboratorios, etc. Hacerlo sería «dar un paso en la oscuridad», lo que a su vez resquebrajaría su fachada de protectores responsables del trabajo asalariado y de la división industrial y económica nacional.

También en otras industrias italianas estas contradicciones emergen de manera inequívoca, viéndose ahora de moda la fuerte retórica bélica, resonando a todo volumen.

Una sociedad como la nuestra actual, fuertemente patriarcal, y en sus visiones del mundo, nos impone la dicotomía guerra fría/guerra caliente, en la que la «paz» es en realidad simplemente la «ausencia de guerra». Este concepto de sociedad se revela en estas «pausas» de la guerra mediante tratados, «altos el fuego», memorandos, etc. Si bien estas conversaciones pueden de alguna manera interrumpir un conflicto, en realidad son solo la demostración del poder de algunos, utilizando términos y argumentos que muestran la “debilidad” de lxs “derrotadxs” en el campo o puestos contra la pared entre la pinza económica y la militar-estratégica.

Retirada, derrota, desarme y luego de nuevo palabras como trinchera, asalto, son términos que llevan el imaginario bélico hacia el concepto de guerra de Heráclito, que la guerra es “padre de todo y rey de todo”. De nuevo en Alemania e Italia, la industria automotriz, en crisis debido a la competencia internacional, se reconvertirá para adaptarse al nuevo y gigantesco plan europeo de rearme; mientras tanto, de Polonia a Suecia, de Croacia a Francia, se restablece el servicio militar obligatorio o voluntario; en las escuelas y universidades italianas, el militarismo está cada vez más presente. La izquierda institucional y reformista oscila entre la fachada de una postura antibélica y el intento de subirse a la ola de los movimientos contra la guerra y el genocidio en Gaza. La amnesia masiva sobre lo que dijo esta clase dominante tras el ataque ruso y el 7 de octubre en Palestina, en realidad, debería alertar a todos sobre el doble juego y la retórica de estos sepultureros de toda exuberancia radical o revolucionaria. Ante cada acto de violencia liberadora que ocurre en la sociedad, la izquierda institucional y reformista se une inmediatamente al coro moralizador contra la lucha armada, el «terrorismo», los «malos maestros», y contra el estallido de quienes no caen en la red de la moralización hipócrita.

Millones de trabajadores y estudiantes, jóvenes y mayores, se ven arrastrados a una mentalidad de miedo belicista. Expertos selectos en la esfera pública explican la verdad de la clase dominante: los seres humanos son agresivos por naturaleza, la sed de poder es innata en ellos. Al evitar así la movilización de las conciencias contra la guerra, la sociedad queda atrapada en estas garras.

Historiadores, antropólogos, etc., como Lawrence H. Keeley (2) , introdujeron en el discurso público argumentos para consolidar la idea de que, desde los albores de la humanidad, los humanos han librado una «guerra interminable», reforzando la omnipresente y «consoladora» filosofía hobbesiana. Las interpretaciones de fosos y murallas, de algunas armas de caza, de símbolos de pueblos y ciudades del Paleolítico o Neolítico, vistos únicamente como herramientas de defensa contra enemigos externos, siempre dispuestos a atacar y depredar, se relacionan con una guerra fratricida.

Nada podría ser más falso.

Hoy estamos rodeados y adictos a imágenes, símbolos, representaciones, objetos, filosofías, campañas de comunicación que nos inducen y nos devuelven a todos a la guerra. Obrerxs, científicxs, técnicxs están inmersos en una retórica competitiva, nacionalista y terrorista, en la que el “progreso” es hijo del productivismo, del poder y del dinero. Esta pesadilla que dura ya un siglo quizá esté empezando a resquebrajarse lentamente: debemos alimentar el sueño, el reencantamiento de una nueva imaginación del mundo.

Podemos debatir extensamente sobre necropolítica, ecocidio, totalitarismo, y escribir tomos sobre todo ello, manteniendo nuestras manos ágiles y nuestras extremidades y músculos suaves. Puede ser útil para enviar un mensaje contra la cúpula asfixiante de la modernidad y sus crímenes, pero si no tomamos decisiones individuales, potencialmente compartidas por otros, priorizando la acción, nada cambiará jamás. Solo contaremos nuestras amargas lágrimas.

Es un momento de nerviosismo y sonrisas subversivas que se burlan del enemigo común después del esfuerzo y el riesgo asumido.

Lucha internacionalista, anticolonialismo y revolución

La resistencia palestina y el paradigma Sumud han creado una profunda herida en el mundo. En las mentes de los poderosos reina la envidia y el odio, porque quienes viven según los principios del «hombre fuerte» saben perfectamente cómo reconocer la valentía y la tenacidad del adversario; esta es también una de las razones por las que su respuesta es tan despiadada y total. El desafío y el fervor abaten el ansia de poder de todo un sistema. Quienes ostentan el poder saben que la Resistencia no se detendrá y que otros la imitarán, con otras fórmulas y perspectivas, pero se inspirarán en ella. Entonces, el temeroso amo
empleará todas las tácticas históricas y tecnológicas para desestabilizarla, para aniquilarla de raíz.

Pero el eco ahora es mundial, como ocurrió en otras décadas con otras resistencias, anunciando que resistir es posible y necesario. La respuesta de los gobiernos será dura y profunda; ya estamos presenciando sus reacciones desordenadas. En Estados Unidos, el movimiento antifascista «Redneck Revolt» en Carolina del Norte, activo en las zonas rurales del sur y que lucha junto a los trabajadores por la liberación de clase, ha sido criminalizado. Dos anarquistas en Texas han sido arrestados por una acción contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) bajo las disposiciones de la nueva ley contra «Antifa».

En Europa conocemos bien la represión que se está produciendo contra los movimientos que se oponen a la guerra. Pero el río subterráneo de la lucha por la libertad lleva agua por vías desconocidas para el enemigo: como un río subterráneo, aparece y se esconde, permanece en silencio y luego ataca con rugido.

En Marruecos, el movimiento “Gen Z 212”, contra el gobierno y los enormes gastos previstos para la construcción de estadios de fútbol para el Mundial de 2030, reivindica la liberación de todos los detenidos en las protestas, también las de 2017, y lucha contra la pobreza, la destrucción del medio ambiente, etc.

En Túnez, la lucha contra la fábrica química de Gabès, que produce fosfatos cancerígenos, moviliza a masas de jóvenes cada vez más indignadas y desilusionadas con la clase dirigente.

En Madagascar, Nepal, Mongolia, las movilizaciones y los derrocamientos políticos se han producido gracias a la fuerza de la lucha y su perseverancia.

Europa responde de diferentes maneras. En todas estas luchas, la resistencia palestina resuena con fuerza. En Serbia, los estudiantes, en contra del gobierno corrupto de Vucic y de las multinacionales chinas que destruyen ríos y montañas, portan banderas palestinas. En Polonia, ocurre lo mismo durante las manifestaciones contra la ola fascista belicista.

En las calles de las ciudades europeas la juventud está respondiendo en masa. En las metrópolis de esta vieja y decadente Europa imperial se critican los muros y las tácticas coloniales, las explicaciones histórico-morales de sionistas y capitalistas; la solidaridad internacionalista se expresa y recuerda las luchas del pasado.

Pero si todo esto es un indicio de la realidad actual, si el virus de la lucha se extiende por las calles, al mismo tiempo aún no ha conseguido desbordar los diques imponiendo su paz social, su estado de derecho, su prohibición de atreverse y soñar algo diferente y más profundo que la mera indignación. Aquí, en la quietud de la noche anónima, manos inquietas y sin ataduras actúan y atacan. En Francia, anarquistas sabotean líneas eléctricas e instalaciones de almacenamiento de materias primas en zonas industriales y focos de la industria bélica. En Alemania, grandes empresas como Tesla pierden millones de euros debido a los apagones. El 9 de septiembre de 2025, un importante sabotaje contra el complejo militar-industrial tiene lugar en Berlín. En Canadá, los ferrocarriles han sido atacados sistemáticamente durante años contra la industria minera y sus multinacionales, necesarias para la cadena de suministro de materias primas necesarias para la guerra y para el mundo que la produce y financia.

En Grecia, lxs compañerxs que actúan contra las políticas de un gobierno fascista y conmemoran a Kyriakos Xymitris, caído en el camino hacia la libertad, también han relanzado la solidaridad con Gaza. Lxs anarquistas, y no sólo ellos, no esperan que la revolución se produzca por sí sola, la viven ardientemente, estudiándola y organizándose.

Sabotear y atacar el sistema de dominación no basta para impulsar un cambio radical, pero nos acerca y nos permite contemplar la vida que deseamos, actuando contra un enemigo que nos ata a su sistema, del que queremos liberarnos. Esta vida libre se nos niega cada vez más; desconocemos la capacidad de elegir, de reflexionar y activar un libre albedrío que dicta las pautas y las normas sociales que rompen con las
actuales, autoritarias, eligiendo conscientemente las rutas y los métodos que evitan un sistema asesino, tóxico e injusto.

Necesitamos destruir la idea moralista de la «confrontación democrática»: nos aleja de ciertas posibilidades de lucha, y creo que el mejor ejemplo de fractura insurreccional se da en los disturbios indonesios de estos últimos meses. En respuesta a las peticiones del pueblo, a sus propuestas de autoorganización y comunismo antiautoritario, la autoridad se ha manifestado arrogante y violenta. La respuesta subversiva ha sido clara y precisa; el ardid democrático se desmoronó en el incendio de las casas de los políticos. Su arrogancia les salió por la culata y se convirtieron, por una vez, en el blanco material, en la presa de una furia liberadora.

En Europa, ¿quién sigue produciendo, financiando y justificando una conducta asesina por parte de los Estados israelí y estadounidense? ¿Debería darse una respuesta a esta desvergüenza y a esta sensación de omnipotencia? ¿Siguen las relaciones de poder en el conflicto social a su favor? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo podemos revertirlas a nuestro favor?

Si su intención es armar a las masas de jovenes para la inminente masacre, sabemos bien que, históricamente, los soldados conscriptos han sido la piedra angular de algunos movimientos revolucionarios, en una época en la que la labor de rebeldes y subversivos se fusionaba con propuestas concretas y la difusión del derrotismo revolucionario. Quizás no podamos frenar la oleada belicista, pero es deber de quienes luchan contra la guerra seguir apoyando y estimulando la acción que opera
dentro del tejido social, con las ideas más avanzadas contra cualquier mecanismo nacionalista, racista e imperialista.

El frente interno debe convertirse en el más alarmante para nuestros enemigos de clase comunes. Para llevar adelante la solidaridad con Gaza y con todos aquellos que sufren la guerra de los Estados, nosotrss – compañerxs europeos – tenemos la necesidad de sacudirnos un poco el lastre.

La campaña de prensa en apoyo a Israel se inserta en una hegemonía cultural de fuerzas coloniales y dominantes; muchos conocemos bien las ideas de Edward Said (3) sobre el pensamiento orientalista. Su articulada observación de la telaraña que limita nuestra visión y la dirige hacia conceptos creados y estratificados en los procesos históricos de los últimos siglos, en particular los llamados «Occidente» y «Oriente», nos aconseja transitar por caminos incómodamente difíciles. El papel de los intelectuales, de las nuevas disciplinas científicas, refuerza esta división histórica y humana. Las ataduras que nos impiden actuar —a menudo ni siquiera las sentimos— separan a quienes, en todo el mundo, comparten la misma necesidad de liberarse de la opresión común, por diversa que sea, y que opera de forma diferente según el ámbito en el que se ejerce. La hybris de los eruditos y la de las naciones deben combatirse desde todos los frentes.

En “ El Holocausto y la Nakba”, Amos Goldberg y Bashir Bashir nos cuentan que estos dos acontecimientos históricos se yuxtaponen. Sin embargo, en Occidente, para que lo entendamos, se ha construido un régimen de memoria que prohíbe comparaciones y similitudes, lo que lleva a pensar que un genocidio, para ser mencionado, debe asumir la forma radical del Holocausto. Los autores sugieren el camino de la perturbación empática, es decir, confrontar el trauma del otro para generar una nueva gramática moral. La ingeniería geopolítica, cuyas fronteras variables hoy en día analistas y expertos, generales y líderes de opinión racistas desvelan en los medios, nos insensibiliza mediante análisis complejos que a veces oscurecen el impulso solidario. Liberados de este lastre, ¿qué podríamos ver?

Si observamos la microhistoria, censurada y olvidada a propósito, cuyos eventos son casi impronunciables, sabemos que el movimiento sionista empleó en repetidas ocasiones tácticas contra los judíos campesinos subversivos en Europa del Este (especialmente en Polonia, Ucrania y Rusia), utilizando ideas y prácticas reaccionarias. En Bialystok, anarquistas organizadxs, junto con otrxs simpatizantes, defendieron a las comunidades judías campesinas y proletarias de los pogromos. Posteriormente, fue el movimiento machnovista ucraniano, entre 1919 y 1921, el que defendió a las comunidades, y muchxs compañerxs de origen judío denunciaron y criticaron al sionismo, que contiene en su base filosófica y cultural también una reacción antiproletaria y antisocialista en el sentido más amplio del término.

Hoy, el sionismo ataca a quienes en Israel no quieren sufrir la brutalización cultural y se ven obligados a huir, creando un nuevo tipo de diáspora: 130.000 personas ya abandonaron el país entre 2022 y 2024. Un éxodo que marcha a la par con una masacre genocida. La violencia desmedida de los colonos inunda Cisjordania por dentro y por fuera; el sionismo actúa en múltiples direcciones.

En Ucrania y Rusia, la masa anónima de desertores, buscados por los respectivos ejércitos, se cruza con los partisanos que contribuyen a obstaculizar la maquinaria de guerra en ambos frentes, trayendo consigo una ráfaga de aire fresco en esta guerra fratricida.

La lucha anticolonial de finales del siglo XIX contra el imperio español condujo a la deportación de revolucionarios filipinos a la prisión de Montjuïc en Barcelona, España. Los presos españoles, muchos de ellos encarcelados debido a la prolongada lucha contra el sangriento dictador Cánovas, vieron a estos hombres en el patio, vestidos con la ropa ligera típica de su tierra. Dentro de la prisión, la solidaridad se movilizó de inmediato, pues los grupos se reconocieron como compañerxs en la misma lucha contra un régimen opresor. Desde las ventanas de las celdas, pesadas prendas de invierno cayeron al patio como muestra de cercanía a lxs rebeldes filipinxs, azotados por uno de los regímenes colonialistas más feroces y prolongados.

Las luchas anticolonialistas de la época, en Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Corea o China, se cruzaron con los movimientos revolucionarios y las ideas anarquistas y socialistas. Compañerxs europexs abandonaron sus países para participar en insurrecciones en todo el mundo. En Egipto, Argelia, Argentina y Japón, prácticamente en todas partes, las luchas de liberación nacional conspiraban y se conjugaban con ideas más amplias de emancipación revolucionaria y social.

Estos experimentos subversivos crearon hipótesis de vida comunitaria que ponían en práctica “el mundo por el que luchamos”, con auténticos planes insurreccionales, fruto de una época conspirativa. Las ideas circularon gracias a una vigorosa actividad de traducción de libros y panfletos. Esta efervescencia se sumó a la solidaridad internacionalista que llevó al anarquista Angiolillo a asesinar al dictador Cánovas, torturador de filipinos y cubanos en el extranjero y de los revolucionarios en el país. Las luchas anticoloniales en todo el mundo y los movimientos insurreccionales europeos dialogaban entre sí; no existían Cartas de la ONU ni de Derechos Humanos a las que apelar con macabro engaño y vanas esperanzas. Marchaban juntos hacia la conquista de una libertad largamente anhelada, sofocada por el capitalismo y por el gobierno de la sanguinaria patria.

La ideología de la «guerra sin fin» se infiltra en las mentes y los corazones con su alambre de púas. La violencia de la subyugación, donde la vida no vale nada y no hay vergüenza en disparar contra mujeres y hombres inofensivos, donde el odio religioso, impregnado de promesas territoriales y supremacía racista, crea ese caldo de cultivo que borra cualquier empatía humana y alimenta disputas y venganzas que siempre atacan a los más bajos, nunca a los más altos de la jerarquía social, puede deprimir y crear una sensación de injusticia que llega al punto de ser percibida como un dolor físico.

Hoy vemos a mujeres y hombres en Gaza plantando olivos entre los escombros, mostrando al mundo su amor por la tierra que los vio nacer; hombres que siguen cosechando aceitunas pase lo que pase; niños cavando desagües para conseguir un lugar seco donde jugar y estudiar; jóvenes que aún resisten. El pueblo palestino nos demuestra cada día lo que significan la dignidad, la tenacidad y el infinito ingenio práctico y moral, todos ellos formados durante décadas de vida en una prisión a cielo abierto.

El 28 de noviembre, Fadi y Jumaa’ Tamer Abu Asi fueron asesinados a tiros por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) por estar recogiendo madera de desecho para vender en las inmediaciones de la infame «línea amarilla». Tenían 8 y 10 años. La tierra de Palestina está llena de historias como esta, y son las que conmueven a la opinión pública progresista, llevándola a ponerse del lado de los débiles, algo aceptable para la visión colonial europea, en tanto víctimas y vulnerables.

Algunos periódicos están dispuestos a mostrar los ojos de niños que sufren. Luego está ese lado abiertamente racista, que aprueba incluso las prácticas homicidas y represivas más viles del Estado israelí. Ambos bandos, al final, son partes de una estructura social que se sostiene porque, aunque difieran en apariencia, en realidad defienden los mismos privilegios e intereses. Claro que es importante denunciar e indignarse, pero todo esto forma parte del espectáculo permitido por los amos, que funciona como una válvula de escape para disipar la indignación y volver a dormirse. Ni hablar de despertar del letargo y comprender qué lleva a una persona a pasar de la indignación a la acción. Peor aún si se organiza a largo plazo.

El palestino está bien si le falta una pierna y tiene un cuerpo hambriento. Si se pone una kefiah y porta un fusil de asalto, si lanza cócteles molotov o piedras, el espejo de la aceptabilidad occidental se resquebraja, ya sea liberal o sociodemocrática.

Generalmente estamos acostumbrados a aceptar con flojera algo sólo si parece débil e inofensivo a nuestros ojos. El/lx prisionerx que estudia su plan de fuga durante meses y luego, una noche, corta los barrotes y se escapa, perturba a la hipócrita sociedad burguesa. El «loco» que, a quemarropa, explota en actos «inusuales», destroza y babea «sin sentido», impacta por su imprevisibilidad. El/lx niñx que juega y grita «desconsideradamente», creando vergüenza, hoy en día corre el riesgo de ser catalogado como «hiperactivo». El/lx palestinx que odia a quienes asesinaron a su familia y lo alimentaron a la fuerza con miedo y polvo, ya está moralizado y marcado por el hombre blanco occidental. El animal enjaulado que «de repente» muerde y hiere debe ser asesinado.

Ahora que el foco mediático –al menos aquí en Italia– se está apagando, es hora de actuar con mayor energía y de algún modo sacudir esa parte de la sociedad que, de diversos modos, ya ha tomado posición, pero no ha ido demasiado lejos, no ha cruzado los límites morales impuestos por las leyes del Estado y del cristianismo, y no ha transformado su vida cotidiana, convirtiéndola en un campo de batalla irrecuperable para el Estado.

Conocemos los objetivos del colonialismo italiano en Gaza. ENI (la principal empresa energética italiana) quiere el gas natural de la costa de Gaza, mientras que el gobierno de Meloni continúa con su «Plan Mattei», que es la continuación del colonialismo italiano. Sabemos que si empezamos a poner trabas a ENI, tendremos que lidiar con el Servicio Secreto. Si en Italia empezamos a escuchar el eco de Gaza y decidimos
echar a los yanquis por la borda, imponiendo su hegemonía económica y política en Italia desde el desembarco en Sicilia en 1944, también sabemos que los tiempos de ahogamiento simulado, desestabilización política y bombas podrían fácilmente volver, como en décadas pasadas.

Debemos ser conscientes: con tales poderes no se juega. Ahora que nos acercamos al inicio de la fase 2, ya podemos afirmar que la población de Gaza y Cisjordania solo y exclusivamente recibirá políticas de terror y eliminación.

Mientras termino estas notas, el 8 de diciembre se supo que la justicia belga emitió una orden de arresto internacional contra un consultor italiano que actuaba en nombre de Elbit Systems, por unos contratos estipulados con una agencia de la OTAN. Magistrados y policías de otros países también están imputados en el proceso.

Que la actividad de esta u otras empresas similares sea «limpia» o «sucia» importa poco. Su labor sigue siendo criminal y debe detenerse.

Esta lucha no debe desarrollarse con una lógica de emergencia, sino con una campaña amplia y de largo alcance: necesitamos confrontar y organizarnos. Al hacerlo, podríamos, de diversas maneras, aspirar a una liberación integral del Estado y del sistema tecnoindustrial.

Stecco-Luca

Escribe a Stecco:

Luca Dolce

c/o Casa Circondariale Sanremo
Strada Armea, 144
18038, San Remo (IM)
Italia

Notas delx traductorx (DK):

  1. Elias Canetti, búlgaro, 25 de julio de 1905 – fallecido en Suiza, 14
    de agosto de 1994; autor de Multitudes y poder y otros títulos.
  2. Lawrence H. Keeley, EE. UU., 24 de agosto de 1948 – 11 de octubre de
    2017); autor de La guerra antes de la civilización: el mito del salvaje
    pacífico.
  3. Edward Said, palestino-estadounidense, nacido en Jerusalén el 1 de
    noviembre de 1935 – fallecido en Nueva York el 24 de septiembre de 2003.
    Profesor, autor de Orientalismo.

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