Politizar las experiencias para tomar nuevos resguardos.

Por Victoria Aldunate Morales. Lesbiana feminista antirracista

A modo de testimonio para mis compañeras.

Me vino un virus del que me recupero, uno de tantos, nada serio -ni COVID-, pero no es casual. El 26, mientras tantos seguían celebrando (y lo entiendo), yo vomité, tuve asco, dolor, desgano y angustia de sinsentido… La memoria material y concreta del cuerpo es cierta.

En el 77-78, volvimos a chile luego de un triste exilio de mis padres y por ende mío. Mi abuela murió allá… Ella había llorado por Allende, por mi mamá, por mis amigos asesinados por la espalda. A ellos se los llevaron un día octubre del 73 y los mataron luego de torturarlos. Llegó solo el cadáver de uno, Denrio de 17 años, a su casa (en la esquina de mi cuadra).

Con mi abuela vivimos un año solas haciéndonos cargo de la vida, del toque de queda, las tanquetas en la avenida, de la casa y los gatos… En ese año supimos que –tal vez- mi madre había muerto, que estaría –parece- tirado su cadáver fuera de la quinta comuna del Comité Local de su partido. Y no hubiese sido raro pues para allá se había ido el mismo 11 después del último discurso de Allende. Felizmente no murió, escapó. Fue la mamá de otra la muerta –eso pensé años después-, pero algo se murió en la vida familiar y comunitaria que teníamos hasta ese 11 maldito.

Volviendo a chile entré de lleno a la JJCC. Me hice secundaria. Ya no vivíamos en la población porque era peligroso, todos sabían allá que éramos “unos comunistas allendistas” en cuya casa se juntaban todos los días jóvenes -y no tan jóvenes- de izquierda. Que permitíamos que hicieran murales políticos en nuestra muralla. A mi casa no llegaban solo comunistas, también Mapu obrero y campesino, Izquierda Cristiana y miristas. Estos últimos era a los que yo más admiraba, todos instruidos. Con sus enseñanzas revolucionarias -a veces- hasta de niña, les llevaba la contra a mis padres y los descubría reformistas.

Entré a cuarto medio al Liceo A12, el de “actores secundarios”. Formamos la UEM, Unión de Estudiantes de Enseñanza Media, nos reuníamos a hacer propuestas políticas, quemamos las oficinas de la Dirección del Liceo en protesta por varias ordenanzas cada vez más represivas y porque echaron del Liceo a una pareja de profes de Filosofía, cuyas reflexiones dejaron en mí una huella indeleble.

Al poco tiempo me tomaron presa en la calle, en una marcha. Me llevaron a la 1° Comisaría, luego a la 9° y a otras más, en una especie de tour nocturno con simulacros de fusilamiento incluidos. Un día me sacaron de la comisaria y me llevaron a la DINA… (ya era CNI, pero le seguíamos llamando DINA). Fueron pocos días, para mí, eternos. Me devolvieron a mi casa con 17 años y una orden de detención domiciliaria.

Gracias a mis profes comunistas y miristas, terminé el año. Tenía buenas notas aunque no siempre estudiaba. Lo principal para mí era derrotar a la Dictadura. Estaba centrada en eso, me colocaba en riesgo pensando que a mí no me iba a pasar nada, bloqueaba el miedo, no hacía mucho contacto con la realidad represiva… en fin una adolescente típica.Nos pusieron punto fijo, nos seguían.

Mis padres, totalmente clandestinos y tanto pako (yuta) por mi casa vigilando, de paso civiles en la esquina en autos sin patente… Se destapó la olla en la callecita silenciosa y escondida del centro en que nos fuimos a vivir para no despertar sospechas. A nuestro alrededor seguían desapareciendo, matando y los relatos de violaciones y tortura de nuestras compañeras eran profusos. Nadie me quería muerta (y yo tampoco). A los 17, mi padre me dio un permiso para viajar sola por el mundo. Dos opciones: Cuba y prepararme para la lucha armada (con la que estoy absolutamente de acuerdo) o estudiar una profesión que ayudara “en adelante a devolver el país al proceso popular”.

Soy coja de nacimiento y tuve suficiente sentido de la realidad para decidir estudiar, en vez de prepararme para alguna guerrilla (que por lo demás nunca hicieron).Fueron 10 años en Moscú. Depresiones, soledad y dolor que yo no identificaba claramente. Mi vida había sufrido un giro que yo no busqué.Los rusos me terminaban de criar y explicar algunas cosas. Había “un allí” del socialismo real, que era de gran profundidad filosófica y a la vez, de un racismo imperialista y colonial brutal.

Yo contemplaba y descubría que no había gente sin comida, sin trabajo, sin vacaciones, sin casa o sin salud, pero sí un montón de crueldad, abuso sexual infantil y otras opresiones…En esos 10 años también descubrí el abuso de poder machista de los hombres jerarcas del PC en el exilio. Las actuaciones de sus retoños más jóvenes, llegados ahí por sus padres, pero con escasa conciencia política propia, que aspiraban a ser una especie de jerarcas nepotistas del futuro, y que con su poder masculino, se aprovechaban de las estudiantas chilenas que los veneraban y les lavaban la ropa.

Entre estos tipejos algunos golpeaban a sus pololas, varios tenían una novia chilena abnegada y al mismo tiempo, otra blanca y rusa, que era la que querían “llevarse de vuelta a chile”. Todo esto en un gran teatro xenofóbico y misógino constante, difícil de describir… Un teatro del mundo masculino en el que se burlaban de los maricones y acosaban a las trabajadoras sexuales que llegaban a las inmediaciones del barrio estudiantil que habitábamos. Un barrio que era solo para gente de color porque para los blancos europeos (del Este o el Oeste) había otras universidades mejores.Yo a los machos militantes chilenos les hacía frente, que si no le tuve miedo a la DINA, menos a ellos. Peleadora que soy, les dije en su cara: “machistas”, “momios”, “conservadores y reformistas”.

Habían pasado unos 5 años cuando comenzamos a escuchar sobre sus negociaciones siempre disfrazadas de “bien para el pueblo”.Me encontré con mi padre en un viaje suyo y discutimos fuerte por esta nueva mirada de las cosas.

Por años, algunos compañeros y yo les cuestionamos sus nuevas posturas e involución, en reuniones, en escritos, en encuentros informales. Me llamaron a control y cuadros. Un par de años antes de volver a $hile, renuncié a su maquinaria de mierda (en las patas de los caballos). Decidí volver a chile en el 89. Yo ya entendía que el terror y el destrozo de nuestras vidas, se habían negociado sin ningún sentido colectivo.

Por mucho que la mayoría de nosotros supiéramos reparar y parchar un poco nuestras vidas en adelante, igual supe de un montón que se quedaron tirados en caminos sorprendentes, desarraigados de sus afectos, solos en el mundo, o de vuelta en chile, desadaptados, doloridos y algún suicidio.

Hablo en masculino pues no tuve compañeras feministas entre las chilenas, y sí tuve unos cuantos compañeros, varones, críticos de los rumbos del PC.

Aseguro que un puñado de nosotros habíamos tomado estas opciones, en Cuba, Nicaragua, o en Europa del Este, con un sentido colectivo, pensando en restituir lo que nuestros padres y abuelos, nosotros mismos y nuestros amigos, habíamos perdido el día del golpe: la Revolución. (Puede sonar iluso, pero es la convicción que no he perdido).

En lo personal -que es político-, para mí, estudiar, no fue movilidad social. De hecho elegí de las opciones que me daban, lo que sonaba más a algo que me gustaba, escribir (periodismo internacional), sin darle mayor importancia. Yo no buscaba salirme de los márgenes, acomodarme en mundos universales, ni en una clase profesionalizada…

Hoy que el feminismo se des-radicaliza, que en palabras de Adrienne Rich, se diluye para transformarse en un enclave femenino, al que yo le agrego y “mixto”, me queda más claro que nunca.

El sentimiento de colectividad se fragua en lo íntimo con comunidades atentas a criarnos en el pensamiento crítico y el sentido revolucionario, y ello dista radicalmente del sentido individual desclasado, o de la destrucción nihilista.

Como en los 80, les -nos- han vuelto a negociar.

La etapa colectiva más feliz de esto 30 años, inició el 18 de octubre de 2019 hasta los albores de la nueva performance dictatorial con apariencia democrática.

El origen de esta etapa es un proceso largo –“como la esperanza del pobre”, decía mi abuela- que inicio con la lucha anticapitalista de un movimiento obrero anarquista y comunista, que solo más tarde –para desgracia nuestra- se institucionalizó en sindicatos y partidos.

Parte de eso fueron mi bisabuela lavandera, mi abuela obrera, mi bisabuelo abogado del movimiento obrero, mi abuelo hijo de un zapatero que se hizo periodista de puro “habiloso” (sin universidad), mi tía comunista y escritora que salió de un conventillo, mi abuela artista, amante de las revoluciones y admiradora eterna de Allende, mi padre empleado público y comunista que con el tiempo, como persona que se instruyó en la población y en el movimiento popular, pudo con afecto y ternura reconocer sus errores de los 80 en alguna conversación íntima padre-hija: Sobre todo parte de esto, es mi madre olvidada ya de su revolución, por traiciones que le calaron hondo, mi hija pingüina y activista territorial y sus amigas y compañeras de la Asamblea de mi población.

Estoy segura de cada una de mis compañeras podrán nombrar a más mujeres y otra gente que han construido la memoria del cuerpo de este hoy que vivenciamos. Así de profundo es el hilado de esta nueva negociación plebiscitaria.

Hago este relato para contárselo a compañeras que me han preguntado, hablado y problematizado, y a las que yo he problematizado.

Y esto, porque si no se colectivizan las experiencias no se politizan para tomar nuevos resguardos.

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